23 julio 1999
Teología y magisterio: relaciones conflictivas
JOSÉ MARÍA DÍEZ ALEGRÍA y JUAN JOSÉ TAMAYO
El papa Pío XII publicó en 1950 la encíclica Humani
generis, que condenaba la “nueva teología”, ponía freno al ecumenismo e imponía
a los teólogos la defensa del magisterio papal, sin posibilidad alguna de
discusión y menos de disenso. Apenas diez años después, los representantes de
la teología condenada por Pío XII se convertían en asesores y peritos del
Concilio Vaticano II y sus ideas eran asumidas, en buena parte, por dicho
concilio.
Pablo VI publicaba, en 1968, la encíclica Humanae
vitae, que prohibía el uso de anticonceptivos y de métodos de control no
naturales, a pesar de que la comisión de teólogos y expertos a los que el Papa
había pedido opinión se mostró partidaria de dejar libertad a los cristianos y
cristianas en esa materia, ya que no había razones claras para la prohibición.
El resultado ha sido una crisis que dura hasta hoy: gran parte de los católicos
no ha asumido la prohibición, al tiempo que algunos teólogos, teólogas, obispos
y sacerdotes se encuentran en abierto conflicto con el magisterio.
Juan Pablo II ha publicado en 1998 un nuevo
documento, Ad tuendam fidem, que prohíbe a los teólogos católicos disentir de
la doctrina oficial sobre algunas verdades presentadas como definitivas, a
pesar de no ser objeto de definiciones dogmáticas.
Además, la “nota explicativa” de la Congregación
para la Doctrina de la Fe adjunta al documento citado considera que la
prohibición absoluta del aborto y de la eutanasia, así como el rechazo del
acceso de la mujer al ministerio sacerdotal, son ejemplos de estas doctrinas
definitivas, y que disentir de ellas implica apartarse de la comunión de la
Iglesia y deja la puerta abierta a la excomunión.
En los últimos años ha habido una larga discusión,
dentro del catolicismo, sobre estas cuestiones. El mismo Papa, bien
recientemente, ha tenido el coraje de cambiar las declaraciones oficiales
oponiéndose con claridad y sin distingos a la pena de muerte. ¿Por qué no esa
misma libertad y valentía para otras cuestiones? Para justificar la exclusión
de las mujeres del sacerdocio se recurre a argumentos de las Sagradas
Escrituras, tradición, historia y antropología, en los que, a juicio de muchos
teólogos y teólogas, no aparece clara la “presunta” voluntad de Jesús contra
dicha exclusión. A pesar de la insistencia de Pablo VI y Juan Pablo II en
rechazar el sacerdocio femenino, se trata, creemos, de una “cuestión
disputada”, que aconseja dejar tiempo para la reflexión y la investigación
teológica, huyendo de decisiones apresuradas que podrían agravar la actual
crisis de la Iglesia, en vez de aliviarla. Por eso resulta lacerante que el
documento vaticano comience apelando al mandato de Jesús a Pedro de “confirmar
a sus hermanos en la fe” (Lc 22, 23), cuando no hace más que poner en crisis la
fe de muchos hermanos por su modo autoritario de proceder.
Observamos con preocupación cómo el magisterio ha
ido perdiendo credibilidad y plausibilidad ante muchos cristianos y cristianas
por asumir posturas definitivas sobre temas controvertidos que no son de índole
dogmática. No hay que olvidar las repetidas condenas de los papas de los siglos
XIX y XX contra la libertad de conciencia y de religión, la separación de la
Iglesia y el Estado o el movimiento ecuménico.
Dichas condenas antimodernistas se han rectificado
demasiado tarde. El mismo Juan Pablo II ha rehabilitado recientemente a Galileo
indicando que el científico italiano condenado tuvo más razón que muchos de sus
adversarios eclesiales. Paradójicamente, sin embargo, hoy se sigue amenazando y
condenando a teólogos y teólogas que disienten en cuestiones que son opinables.
Resulta irónico, además, que se rechace el
sacerdocio de la mujer apoyándose en la tradición, cuando se abandona,
simultáneamente, el viejo principio de la misma tradición según el cual en la
Iglesia sólo es definitivo e irreformable lo que no ha sido objeto de
formulación dogmática. Lo que un Papa considera definitivo, pero no objeto de
definición dogmática, puede ser tenido por otro Papa como cuestión abierta,
según demuestra la historia. Hace ya muchos años escribió K. Rahner estas
palabras que el documento Ad tuendam fidem parece desconocer: “En el pasado se
ha pensado y obrado no pocas veces como si una doctrina fuera ya irreformable
en la Iglesia porque durante largo tiempo ha sido enseñada de manera universal,
sin contradicción claramente perceptible. Esa concepción no sólo contradice a
los hechos, puesto que muchas doctrinas difundidas un día de manera general han
resultado problemáticas o erróneas, sino que es falsa en principio”
(Sacramentum mundi, IV, 392).
Para imponer algo como definitivo en la comunidad
cristiana hay que recurrir a los documentos fundacionales del cristianismo, al
consenso universal de la Iglesia, al sentir de los cristianos y cristianas o a
una tradición continua y valorada como tal por la teología y el magisterio.
Ninguna de estas circunstancias parecen darse en lo concerniente al sacerdocio
de la mujer. El problema se agrava si se tiene en cuenta la marginación de la
mujer en la Iglesia, hecho que contrasta con su emancipación en el terreno
social y político. Ello está produciendo en la Iglesia una fractura que puede
ser tan grave o más que la de la clase trabajadora en el siglo XIX y la de
los/las intelectuales y el mundo de la cultura en relación con el cristianismo
en el siglo XX.
El documento Ad tuendam fidem es un paso más en la
involución de la Iglesia y una grave hipoteca para los teólogos y las teólogas.
Se vuelve al viejo adagio Roma locuta, causa finita de la época preconciliar y
se impone una doctrina no en base a argumentos teológicos, sino bajo la amenaza
de sanciones. Se pasa así de la autoridad de la fe a la fe en la autoridad, de
la fundamentación teológica a la autoridad del cargo, del diálogo conciliar con
la modernidad a una uniformidad doctrinal impuesta, que cierra toda posibilidad
de disentir. Así, en muchos casos, los profesionales de la teología se rigen
por el principio del miedo, que lleva a una doble actuación: en privado
muestran su desacuerdo con el magisterio eclesiástico, mientras que en público
dan el problema por zanjado expresando su adhesión. Frente a esta situación,
los teólogos y las teólogas debemos asumir la prohibición evangélica del doble lenguaje
y pedimos a la jerarquía que recuerde el planteamiento paulino, que no busca
dominar sobre la fe de la comunidad, sino que defiende el discernimiento y la
libertad de todos los cristianos y cristianas.
José María Díez Alegría y Juan José Tamayo
son teólogos.
Apoyan este artículo:
E. Aguiló, X. Alegre, E. Bautista, J. M. Bernal, J.
Bosch, L. Briones, J. M. Castillo, J. Centeno, C. Domínguez, J. Equiza, J. A.
Estrada, C. Floristán, B. Forcano, M. Fraijó, M. García-Ruiz, J.García Roca, J.
I. González Faus, J. M. González Ruiz, J. Lois, J. Llopis, E. Malvido, C.
Martí, F. Martín, E. Miret, A. Moliner, G. Mora, M. Navarro, M. Parmentier, F.
Pastor, J. Peláez, M. Pinto, J. Rius Camps, J. Ruiz-Díaz, F. Sáez, J. Vitoria,
R. Velasco, E. Villar, A. Torres-Queiruga.